Columba Arias Solís
Desde el inicio de año los medios de comunicación concedieron grandes espacios a la información proveniente de los países del norte de África, cuyos ciudadanos cansados de soportar a sus gobiernos autoritarios, decidieron rebelarse y emprendieron protestas que concluyeron con la caída de los gobiernos de Egipto y Túnez, así como el levantamiento contra la dictadura de Kadafi en Libia, suceso que continúa desarrollándose y del que siguen informando en todo el mundo.
Toda la difusión de los conflictos en aquellos países contrasta con el silencio guardado en relación con los sucesos que afectan a ese pequeño país ubicado en el extremo noroeste de Europa, en el océano atlántico, entre Europa y Groenlandia: Islandia, cuyos ciudadanos han llevado a cabo su propia rebelión, si bien en forma pacífica por lo que nadie ha salido herido.
Islandia ocupa un territorio que comprende la isla del mismo nombre que es la de mayor extensión, así como otras más pequeñas que en total tienen una extensión territorial de 103 kilómetros cuadrados, con una población de apenas 331 mil habitantes.
La historia de este país comienza en el año 874 con el primer asentamiento humano proveniente de Noruega. Posteriormente grupos de origen nórdico y gaélico se asentarían en el territorio islandés, país que desde el año 1262 y hasta 1944 formó parte primero de Noruega y luego de Dinamarca.
A partir de su independencia en el año de 1944, el crecimiento económico del país fue en ascenso. En la década pasada se convirtió en una de las naciones más ricas y desarrolladas del mundo, hecho que fue reconocido por la ONU, distinguiéndose por proporcionar los servicios de salud y educación en forma universal y gratuita a sus ciudadanos.
Sin embargo, en 2008 la economía islandesa comenzó un descenso vertiginoso provocado por el mal manejo financiero, situación que la llevaría a una crisis tal que hubo de intervenir el Fondo Monetario Internacional, quien como es sabido, para proporcionar sus auxilios económicos, obliga a los países a cumplir con unas recetas cuyos remedios son tanto o más amargos que la propia enfermedad, de tal forma que aquí comenzó la rebeldía: los islandeses hicieron dimitir a su gobierno, se nacionalizaron los bancos, se decidió no pagar la deuda que éstos adquirieron principalmente con Gran Bretaña y Holanda, y se formó una asamblea popular cuya tarea es reescribir la Constitución.
Como señalara en sus páginas el diario El Economista, en octubre de 2008 la situación islandesa era de verdadero pánico financiero, sin embargo “el gobierno en vez de inyectar miles de millones en unos bancos cuyos activos se habían disparado hasta ser 11 veces el PIB del país, decidió que suspendieran pagos”, la reacción a las medidas tomadas fue desde luego impactante, la corona –la moneda islandesa- perdió un 58 por ciento de su valor, la inflación creció hasta un 19 por ciento en enero de 2009 y la economía se contrajo en 7 por ciento, y en consecuencia el gobierno del primer ministro Geir Haarde fue obligado a renunciar, y lo interesante es que después de eso fue llevado a los tribunales. ¡Vaya! ¿Se puede uno imaginar la posibilidad de que en México sucediera algo parecido? ¿Cuántos presidentes hubieran sido llamados a juicio por malos manejos financieros, conjuntamente con los grandes especuladores de la banca? ¡Qué sueño!
En octubre de 2008 el parlamento islandés aprobó una ley a través de la que dividió los activos y las obligaciones de los 3 bancos mayoritarios de ese país, también se crearon 3 nuevos bancos que recibieron los depósitos y los créditos tanto de compañías como de consumidores islandeses, y se crearon los comités para liquidar lo que quedaba de los antiguos bancos: los préstamos y las deudas foráneas que alimentaron a los entes financieros convirtiéndolos en las mayores empresas del país.
Nacionalizada la banca, el gobierno comenzó a negociar con los acreedores –mayormente extranjeros, realizando una restructuración de la deuda en la que el contribuyente no tuvo que poner dinero, gracias al rechazo que la población hizo de la iniciativa gubernamental que preveía la devolución de deuda a Gran Bretaña y Holanda por medio del pago de 3 mil 500 millones de euros que pagarían los islandeses mensualmente durante 15 años al 5 por ciento de interés. La población obligó a llevar a referéndum esta iniciativa del gobierno, siendo rechazada abrumadoramente, por lo que no hubo Fobaproa islandés.
Durante la crisis estallada a principios de 2009 que llevó a la dimisión del gobierno, se hizo cargo del mismo en forma interina Jóhanna Sigurdarddoti quien fuera durante una década Ministra de asuntos Sociales y la cual en las elecciones de abril del mismo año ganara el cargo por voto directo de los islandeses.
A partir de entonces el gobierno de la nueva Primera Ministra se enfocó a la investigación de la deuda a las coronas inglesa y holandesa, así como las condiciones del préstamo proporcionado por el FMI, ya que como señalan algunos analistas de las redes, “Islandia es el primer país europeo que no premia a los banqueros sino que los mete presos”.
Después de dos años de duras medidas, la economía islandesa no solamente ha salido ya de la recesión, sino que además se prevé un crecimiento anual del 3 por ciento, pero además se pretende regresar a los mercados de capital y más aún, emitir euros, acción que no realizaban desde el año 2006.
La nacionalización de la banca, la dimisión del gobierno por presiones del pueblo islandés, y el rechazo en el referéndum del pago de la deuda adquirida por los banqueros, así como los juicios a que son sometidos en los tribunales de su país, no merecieron espacios en las notas informativas de los grandes medios, ni comentarios de los gobiernos y grandes empresas internacionales, tal vez decidieron omitirlos por temor a que otras naciones se fueran a contagiar del hartazgo de su clase política y financiera y siguieran el ejemplo de la nación islandesa.
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