Columba Arias Solís
Desde el primer anuncio de la posible alianza entre los Partidos de la Revolución Democrática y Acción nacional para postular un candidato común en las elecciones a gobernador del Estado de México, las oposiciones y críticas no se hicieron esperar, desde dentro de los propios institutos, pero sobre todo desde el titular del poder ejecutivo mexiquense, quien atemorizado ante la posibilidad de perder electoralmente su estado -supuesto que parecía probable si los partidos de oposición enfrentaban al tricolor con una sola candidatura-, dedicó sus esfuerzos a descalificar tal presunción, y así, en la ceremonia de su Quinto Informe de Gobierno en septiembre del pasado año, la parte central de su discurso la ocupó en la descalificación hacia la futura alianza, manifestando: “la delincuencia no es el único riesgo que enfrenta el país. Hay otra grave amenaza: la lucha del poder por el poder mismo que promueve una democracia sin contenido y que por el solo fin de obtener se negocian alianzas entre proyectos antagónicos, generando con ello confusión y desinformando en la política”.
Luego, no conforme con la descalificación continua, se puso manos a la obra y en un acto de autoritarismo –digno de las mejores épocas de la hegemonía tricolor en todo el país- impulsó en el congreso del estado la iniciativa que aprobada por la mayoría de legisladores emanados del tricolor, eliminaría de la Constitución del Estado de México y del Código Electoral la figura de candidatura común, borrando con la iniciativa la posibilidad de que los partidos se coaligaran y llevaran al proceso electoral un solo candidato a gobernador.
Apenas el pasado 3 de marzo en declaraciones hechas a diversos medios, el gobernante seguía descalificando las alianzas y las coaliciones a las que se refería como una forma electoral fraudulenta. Sin embargo, veinte días después los dirigentes de PRI, Nueva Alianza y Verde formalizaban una alianza rumbo a la gubernatura, informando a los medios que habrían de legalizarla el 16 de abril ante el Instituto Electoral del Estado de México. Como es de suponerse, el gobernador nada objetó de esta alianza, que por supuesto no le parece una forma electoral fraudulenta, ni que con ella vayan a causar confusión y desinformación entre el electorado. Como se advierte, la congruencia no es el punto fuerte del mandatario.
La alianza blanquiazul y amarilla con miras a las elecciones del Estado de México, como es sabido, también encontró gran oposición al interior de ambos partidos, trascendiendo en mayor medida la inconformidad manifestada por la militancia del perredismo y cuadros importantes de ese partido, con los cuales abiertamente se confrontara la dirigencia encabezada entonces por Jesús Ortega, generándose ríspidos desencuentros y descalificaciones de una parte hacia la otra.
Hay varias razones para el desacuerdo del perredismo con la alianza pactada, entre ellas el crudo pragmatismo de sus dirigentes cuya voluntaria desmemoria los lleva a olvidar, o a dejar de lado que apenas hace unos cuantos años el partido con el que anhelan coaligarse promovió lo que sus estrategas denominaron “campaña de contraste”, y que no fue otra cosa que una guerra mediática nunca vista contra el entonces candidato presidencial del perredismo, campaña que polarizó y llevó a los extremos las posiciones de uno y otro lado, y que en el futuro impediría acuerdos indispensables para la mejor gobernabilidad.
Para otros perredistas, su oposición radica en las diferencias ideológicas que sitúan a sus partidos en los extremos de la geografía política; ciertos militantes no olvidan que el blanquiazul nació a la vida partidaria para oponerse a las políticas cardenistas, por lo que, especialmente a la vertiente perredista que se nutre del pensamiento cardenista les resulta por demás incongruente la alianza con el adversario.
Algunos más muestran su desacuerdo por una alianza que advierten solo tiene por objeto la ganancia electoral, sin importar proyectos ni programas, porque la justificación esgrimida por los aliancistas de “llevar la alternancia al Estado de México que no ha conocido un gobierno distinto al PRI durante 82 años”, no es razón suficiente, más cuando no se ha demostrado que los gobiernos surgidos de los partidos aliancistas sean mejores que los del tricolor, y a las pruebas –dicen algunos- se pueden remitir.
Empero las opiniones de los perredistas en desacuerdo, no encontraron eco alguno en la dirigencia nacional, que siguió adelante con su iniciativa, organizando conjuntamente con Acción Nacional la consulta abierta a la ciudadanía para que se manifestara a favor o en contra de la alianza partidista.
El pasado domingo tuvo lugar dicha consulta, y de acuerdo a los resultados que se preveían, ganó el sí a favor de la alianza PAN-PRD rumbo a los comicios mexiquenses, sin embargo el compromiso aliancista entre ambas dirigencias partidistas parece tambalearse, Encinas el más fuerte prospecto del perredismo ha dicho que no iría a la candidatura en alianza con el blanquiazul. Por su parte el panismo ya tiene candidato, y su presidente ha declarado que su partido está fuerte y “tiene la base suficiente para ganar la elección en el Estado de México”. Parece entonces que la alianza no solamente está en riesgo, sino a punto de naufragar, y curiosamente los más enojados ante el fracaso no parecen ser los dirigentes de los partidos, sino algunos escribidores cercanos a la presidencia.